Lo primero que recuerdo al escribir el título es el nombre de un restaurante guanajuatense llamado “el gallo pitagórico” donde compré unas papas para que mi ex mejor amigo Daniel entrara al baño (aunque recuerdo que veníamos de la cantina llamada “El Incendio” a tan solo unos pasos…) pero también recuerdo que el kerófago apareció por primera vez en mi vida de la mano de Lala, una mujer que yo conocí y que ahora no existe aunque Alejandra esté viva, pero que en su etapa Giulleta de los espíritus me describió la enfermedad de su kerófago.
Ese elemento mezcla de metabolismo y conciencia a la vez de espíritu con una pizca de lo que los demás llaman alma. Ella decía que su kerófago andaba echado, no quería ayudarla ni mucho menos seguirla. Que andaba pues disociada, fuera de ella misma. El mío, es un pequeño y feroz animal negro. Irascible, inestable y hambriento de energía. Este kerófago se pelea conmigo por mis fuerzas para seguir adelante. Espanta a la gente. A veces olfatea por mí, se asoma a mis ojos y hasta toca a las chicas que me gustan. A veces también antes de dormirme lo escucho resollar y veo su respiración salir de mi nariz.